Jesús muerto en los brazos de su Madre.

  • “José de Arimatea, discípulo de Jesús, pidió a Pilatos poder retirar el cuerpo y Pilatos se lo concedió” (Jn. 19, 38)

Otra escena conmovedora, Jesús muerto en los brazos de su Madre, que lloraba su pérdida. No cabe duda, aunque cueste creerlo. El Hijo del Altísimo, el Salvador, el cuyo reino no tendría fin, el que era la Vida, Él está muerto.

Dura prueba para María. En su alma se irguió una oscura borrasca que amenazaba apagar la llama de su fe. Pero su fe no se extinguió, siguió encendida y luminosa. ¡Qué fuerte es María! Ella, la única que ha sostenido en sus brazos todo el peso de un Dios vivo y de un Dios muerto, su Hijo.

Pidámosle como hacía hace unos días el Papa Francisco, por todos nosotros, por esta Humanidad que viaja en una misma barca, para que aumente nuestra fe, la proteja, para que no sucumbamos ante las tempestades y tormentas que nos asaltan en la vida. Para que no perdamos la fe, sino que, como los discípulos, acudamos al Maestro y escuchemos en su boca: «no tengáis miedo»…

 

Víacrucis de Nuestra Señora de la Piedad y Nuestro Señor Cristo de la Reconciliación

María ve morir a su Hijo, Hijo de Dios y también suyo. Sabe que es inocente, y que ha cargado con el peso de nuestras miserias. La Madre ofrece al Hijo, el Hijo ofrece a la Madre. A Juan, a nosotros.

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En la grieta abierta en el corazón de María entra otro hijo, San Juan que representa a la humanidad entera. Y el amor de María por cada uno de nosotros es la prolongación del amor que ella ha tenido por Jesús. Sí, porque verá su rostro en los discípulos. Y vivirá para ellos, para sostenerlos, ayudarlos, animarlos, llevarlos a reconocer el Amor de Dios, y que en su libertad se dirijan al Padre.

¿Qué nos dice a todos nosotros esa Madre y ese Hijo en el Calvario? Se intuye que esta Madre y este Hijo, nos están dando un don único, irrepetible. En efecto, en ellos encontramos la capacidad de ensanchar nuestro corazón y abrir nuestro horizonte a la dimensión universal.

ORACIÓN

Madre Dolorosa junto a la cruz del Hijo Jesús,
Tú, que también has conocido el sufrimiento,
calma nuestros dolores con tu mirada maternal y tu protección.

Bendice a los enfermos y a quien vive estos días con el miedo,
a las personas que se dedican a ellos con amor y coraje, 
a las familias con jóvenes y ancianos, 
a la Iglesia y a toda la humanidad.

Que sepamos acoger a nuestros hermanos que sufren
en los brazos de nuestra oración y nuestra solidaridad, 
que sepamos ver a tu Hijo en sus sufrimientos,
para que, ya en tu Reino, podamos también escuchar sus Palabras:
En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos,
mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

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