Jesús camina hacia el Calvario.

Jesús, llevando a hombros su propia cruz, salió de la ciudad hacia un lugar llamado La Calavera que en la lengua de los judíos se dice Gólgota, se adentra en la calle más famosa del mundo: la calle de la Amargura. Esta vía de dolor ha quedado en la memoria de la humanidad como un camino cargado de emociones: caídas, un cirineo forzado, unas mujeres que lloran, una buena mujer que enjuga el sudor, una madre que sufre…

La piedad popular ha querido narrar pedagógicamente el duro drama de esta calle, dividiendo el largo recorrido en catorce estaciones.

Era costumbre de los romanos que el reo que iba a ser ajusticiado, llevara hasta el lugar del suplicio, el madero de la cruz sobre los hombros y sostenido con los brazos, que eran amarrados a él, como si fuera un yugo. Para un hombre que había sido torturado, como lo fue Jesús, aquella postura resultaba dolorosísima. Esto explica la enorme fatiga que sufrió Jesús y que llevó a los soldados a pedir la ayuda de Simón de Cirene, padre de Alejandro y Rufo.

Con Jesús fueron llevados a crucificar dos ladrones de nombre Dimas y Gestas. Sobre una tablilla, llamada el “título”, se escribía la razón por la que el reo era condenado. La llevaba un pregonero delante del reo o se colgaba al cuello de éste. Atravesar las calles de la ciudad con el patíbulo en los hombros y el título al cuello era la última humillación a la que se sometía al reo antes de su muerte. Se hacía así para que sirviera de escarmiento y advertencia a posibles futuros alborotadores. La tablilla que llevó Jesús, escrita por Pilato, señalaba con esta fórmula la razón de la condena: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos”. El título de Jesús fue escrito en tres lenguas: hebreo, latín y griego. El INRI que aparece en la tablilla de casi todos los crucifijos es la abreviatura de la condena escrita en latín: «Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum».

El camino que Jesús recorrió hasta el Calvario, el viacrucis, iba desde la salida de la Torre Antonia, al lado del Templo y, atravesando la ciudad por los barrios del norte, llegaba hasta la Puerta de Efraín, por la que se salía fuera de las murallas, donde estaba la colina del Gólgota.

Los sumos sacerdotes y los demás miembros del Sanedrín, trataron de dar la máxima publicidad a la ejecución de Jesús en la ciudad que en ese momento estaba repleta de peregrinos llegados para las celebraciones pascuales; los enemigos del Señor no podían dejar escapar la oportunidad de prolongar y magnificar ante la muchedumbre su triunfo y la humillación de Jesús, cuyos seguidores y simpatizantes debían quedar advertidos.

Las únicas personas que protestaron públicamente contra esa ejecución fueron las piadosas mujeres. Como fue la mujer, llamada Verónica, la que, abriéndose paso entre la muchedumbre, limpió, llena de piedad, el rostro del Señor con un velo en el que Jesús dejó grabada su Santa Faz.

 

 

 

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