«Señor, esperamos la compasión y misericordia, para nuestros difuntos»

El 2 de noviembre es el día de la conmemoración de la Ánima o Fieles Difuntos. Nuestros cementerios (equivocadamente o por comodidad se realiza el día de Todos los Santos seguramente por ser festivo en el calendario laboral) rebosan de multitud de personas que visitan las tumbas y nichos y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos.

¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?

Esta pregunta, se la realizaron a San Agustín, y el santo acordándose de sus conversaciones con su madre, Santa Mónica, en el lecho de muerte, daba una respuesta muy convincente: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que en la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

Y así lo cuenta San Agustín, recordando lo que su madre Santa Mónica, les pidió a sus familiares y amigos al morir, “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”.

La Festividad de Todos los Fieles Difuntos, popularmente llamado día de los fallecidos o día de difuntos, tiene lugar el día 2 de noviembre, siguiente día al de la Festividad de Todos los Santos, y que es el día designado por la Iglesia Católica Romana para honrar y rezar por aquellos fieles que han acabado ya su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio.

Debiera ser hoy ese día que dedicamos a nuestros difuntos en vez de ayer, pero como indicábamos anteriormente, ya por equivocación, comodidad u otras razones hemos trasladado voluntariamente a esa festividad, el recuerdo y oraciones a nuestros fieles difuntos.

fielesdifuntos

¿Tradición o creencia?

La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos

En todas las tumbas, se puede leer RIP como oración que indica deseo vehemente y afirmación. A los cristianos, este fonema formado por las iniciales de Requiescat in pace en latín, descanse en paz en castellano, nos suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios. A los no creyente, le suena sólo a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una pérdida irreparable.

Hoy, en muy pocas poblaciones o ciudades se entierra a los difuntos en tierra. La mayoría de las poblaciones entierran en nichos. Todo ello conlleva una cifra económica importante para añadir a lo que habitualmente cuesta ya la muerte de un ser querido. Pasada la etapa de duelo por el ser fallecido, muchos nos olvidamos de ellos y solo en estos días, elevamos unas pequeñas oraciones y llevamos un pequeño presente como son unas flores a las tumbas de estos seres queridos en su recuerdo.

Con este tipo de “molestias y dedicaciones” así como con todos los gastos ocasionados, no es de extrañar que cada vez más gente se decante por la opción de la incineración. ¿Pero esta opción ayuda a resolver estos problemas? Las molestias de trasladarse hasta el cementerio a dedicar unas oraciones y dejar unas flores pudieran ser, salvo que la urna esté depositada en uno de los nichos preparados para tal fin. Los gastos son más reducidos, aunque la incineración cuesta también una buena cantidad, pero evitas tener que alquilar los nichos a través del tiempo. ¿Qué es entonces lo que “empuja” a muchos a tomar la decisión de la incineración de los nuestros seres queridos?

Cada vez hay más inclinación hacia esta opción por las personas en general defendida por la modernidad y comodidad que representa ante la otra opción hasta ahora tradicional. Una vez terminada la cremación del cadáver, se nos entrega la urna que nos llevamos provisionalmente a nuestra casa hasta que, pasado un tiempo, nos incordia, nos molesta e incluso se nos puede llegar a comentar por parte de visitas y amigos que “la situación” es morbosa. En ese momento se nos presenta un problema no de espacio que también pero mucho más profundo y sentimental. ¿Qué hacemos con la urna? Unas veces, los restos de ese familiar, padre, madre, hermanos o hijos son espolvoreados al viento en cualquier lugar relacionado más o menos con el difunto, otras enterradas las cenizas en esos lugares o parecidas circunstancias y otras, hay que reconocer que de momento las menos, son colocadas en el contenedor de la basura para terminar con el problema. Incluso a veces, las cenizas se llegan a dividir en varias partes para que cada heredero disponga lo que crea o intuya desearía la persona difunta

Hace unos años, su santidad el Papa Francisco, dio instrucciones para que los católicos debamos saber y mantener respecto a este tipo de inhumaciones. Las cenizas de nuestros difuntos deberán ser depositados en un lugar sagrado para poder ser honrados por nosotros en el recuerdo y en la oración.

Todas estas cosas, son las que nos llevan a modificar nuestras buenas y ya viejas tradiciones abandonándolas por otras en aras de la modernidad. No ya por la rebelión social contra la religión que también pero que en este caso, no nos puede dejar indiferentes a los creyentes, el privar a nuestros seres queridos de esas oraciones, de esas flores que no solo en estos días sino en todos los días del año, debiéramos tener presentes en el recuerdo, ofreciéndoles nuestra ayuda, nuestros rezos, rosarios, misas, etc., y nuestra súplica a los santos, a Nuestra Madre Celestial y a Nuestro Señor Jesucristo para que intercedan ante Dios nuestro Señor en la salvación de su alma y en la de todos los Fieles Difuntos.

Debiéramos rezar más por los difuntos. Ofrezcamos por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras. Nuestros seres queridos ya fallecidos, seguro que sí rezan y obtienen igualmente favores a favor de los que, desde la tierra, rezan por ellos.

La muerte es sin duda alguna, la realidad más dolorosa, más misteriosa y, a la vez, más insoslayable de la condición humana. Como afirmara un célebre filósofo alemán del siglo XX, “el hombre es un ser para la muerte”. Sin embargo, desde la fe cristiana, el fatalismo y pesimismo de esta afirmación existencialista y real, se ilumina y se llena de sentido. Dios, al encarnarse en Jesucristo, no sólo ha asumido la muerte como etapa necesaria de la existencia humana, sino que la ha transcendido, la ha vencido. Ha dado la respuesta que esperaban y siguen esperando los siglos y la humanidad entera a la nuestra condición pasajera y caduca. La muerte ya no es final del camino. No vivimos para morir, sino que la muerte es la llave de la vida eterna, el clamor más profundo y definitivo del hombre de todas las épocas, que lleva en lo más profundo de su corazón el anhelo de la inmortalidad.

En el Evangelio y en todo el Nuevo Testamento, encontramos la luz y la respuesta a la muerte. Las vidas de los santos y su presencia tan viva y tan real entre nosotros, a pesar de haber fallecido, corroboran este dogma central del cristianismo que es la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro, a imagen de Jesucristo, muerto y resucitado.

Si el día anterior recordábamos la fiesta de todos los Santos, es decir los que ya gozan del Señor, al siguiente día, recordamos a los que se purifican en el purgatorio antes de su entrada en la gloria.

Bienaventurados los que mueren en el Señor, nos recuerda el Apocalipsis. Y añade: Nada manchado puede entrar en el cielo.

Si llamamos Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo, la Iglesia se divide en tres grupos:

  • Iglesia triunfante. Los que ya se salvaron y están en el cielo.
  • Iglesia militante. Los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal y el pecado.
  • Iglesia sufriente. Los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.

 

¿Existe el Purgatorio?

San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo.

Y de San Gregorio, se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se popularizó mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo, nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, quienes no sean perfectos deberán purificarse antes de ser admitidos en la presencia de Dios. La Iglesia enseña la existencia del Purgatorio, en donde las almas de los justos que mueren con mancha de pecado se purifican expiando sus faltas antes de ser admitidas en el Cielo. Entre tanto pueden recibir ayuda de los fieles que viven en la tierra. Es decir, por nosotros.

Almas de los justos son aquellas que, en el momento de separarse del cuerpo por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso tiene derecho a entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable, pero necesitan quedar plenamente limpias de las manchas del pecado para poder ver a Dios “cara a cara”.

“Manchas de pecado” quiere decir el castigo temporal que es debido por los pecados mortales o los veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa, pero que en la hora de la muerte no están totalmente libres de castigo correspondiente a la culpa. “Manchas de pecado” puede referirse también a los pecados veniales que, al morir, no habían sido perdonados ni en cuanto a la culpa ni en cuanto a la pena. La Iglesia entiende por Purgatorio el estado o condición bajo el cual los fieles difuntos están sometidos a purificación.

La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia. El texto de 2 Macabeos 12,46, da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Asimismo, las palabras de nuestro Señor: “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12,32). Se llega a semejante conclusión en el texto de 1 Corintios 3, 11-15.

En la Iglesia católica la práctica de rezar por las benditas almas del Purgatorio está basada sobre la fe en la Comunión de los Santos. Los miembros del Cuerpo Místico pueden ayudarse unos a otros, mientras estén en la tierra y después de la muerte. Si nos fijamos en las oraciones litúrgicas de la Iglesia vemos claramente que se invoca con frecuencia a los Ángeles y a los Santos en favor de la Iglesia sufriente o Purgatorio, pero siempre para que intercedan por ella. Toda persona en estado de gracia puede orar con provecho por las benditas almas; probablemente es necesario, al menos, hallarse en estado de gracia santificante para ganar las indulgencias por los difuntos.

El Concilio Vaticano Segundo hizo profesión de fe en la Iglesia Sufriente diciendo: “Este Sagrado Concilio recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros hermanos que se hallan en gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte”.

Aunque no sea doctrina definida, se mantiene como doctrina común que sufrimiento mayor del Purgatorio consiste en la “pena de ausencia”, porque las almas están temporalmente privadas de la visión beatifica. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del Infierno. Es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las almas lo llevan con paciencia, pues comprenden que la purificación es necesaria. La aceptan generosamente por amor de Dios y con perfecta sumisión a su voluntad.

Es probable que las penas del Purgatorio van disminuyendo gradualmente de manera que en las etapas finales no podemos comparar los sufrimientos de este mundo con los que padece un alma próxima a la visión de Dios. Pero las almas experimentan también inmensa alegría espiritual. Están totalmente ciertas de su salvación. Tiene fe, esperanza y caridad. Saben que ellas mismas están en amistad con Dios, confirmadas en gracia y sin poder ofenderle.

Aunque las almas en el Purgatorio no pueden merecer, sin embargo, pueden orar y obtener el fruto de la oración. El poder de su oración depende del grado de santidad. Es cierto que pueden orar por los que viven en la tierra.

Por la Comunión de los Santos entendemos que están unidas a la Iglesia militante. Debemos animarnos a invocar su ayuda con la confianza de que ellas nos escuchan. Entienden perfectamente nuestras necesidades, porque las experimentaron y porque están agradecidas a las oraciones, sacrificios y santas Misas que ofrecemos por ellas.

Recordemos y recemos pues, por nuestros familiares más allegados, por nuestros amigos y por todos nuestros “HERMANOS” en la Fe.

¿Pero qué es el purgatorio?

Es la mansión temporal de los que murieron en gracia, hasta purificarse totalmente. Es el noviciado de la visión de Dios. Es el lugar donde se pulen las piedras de la Jerusalén celestial. Es el lazareto en que el pasajero contaminado se detiene ante el puerto, para poder curarse y entrar en la patria.

Pero en el purgatorio hay alegría. Y hay alegría, porque hay esperanza. Del lado que caiga el árbol, así quedará para siempre, dice un sabio refrán. Y en el purgatorio sólo están los salvados. En la puerta del infierno escribió Dante: «Dejad toda esperanza los que entráis». En la del purgatorio vio Santa Francisca Romana: «Esta es la mansión de la esperanza».

Es una esperanza con dolor: el fuego purificador. Pero es un dolor aminorado por la esperanza. El lingote de oro es arrojado al fuego para que se desprendan las escorias. Así hay que arrancar las escorias del alma, para que, como un vaso perfecto, pueda presentarse en la mesa del rey.

La ausencia del amado es un cruel martirio, pues el anhelo de todo amante es la visión, la presencia y la posesión. Si las almas santas ya sufrieron esta ausencia en la tierra -«que muero porque no muero», clama Santa Teresa-, mucho mayor será el hambre y sed y fiebre de Dios que sientan las almas ya liberadas de las ataduras corporales.

Las almas del purgatorio ya no pueden merecer. Pero Dios nos ha concedido a nosotros el poder maravilloso de aliviar sus penas, de acelerar su entrada en el paraíso. Así se realiza por el dogma consolador de la comunión de los santos, por la relación e interdependencia de todos los fieles de Cristo, los que están en la tierra, en el cielo o en el purgatorio. Con nuestras buenas obras y oraciones -nuestros pequeños méritos podemos aplicar a los difuntos los méritos infinitos de Cristo.

Ya en el Antiguo Testamento, en el segundo libro de los Macabeos, vemos a Judas enviando una colecta a Jerusalén para ofrecerla como expiación por los muertos en la batalla. Pues, dice el autor sagrado, es una idea piadosa y santa rezar por los muertos para que sean liberados del pecado.

Los paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de los difuntos.

Nosotros debemos hacer más. «Un cristiano, dice San Ambrosio, tiene mejores presentes. Cubrid de rosas, si queréis, los mausoleos, pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones».

De este modo, la muerte cristiana, unida a la de Cristo, tiene un aspecto pascual: es el tránsito de la vida terrena a la vida eterna. Por eso, a lo que los paganos llamaban necrópolis -ciudad de los muertos- los cristianos llamamos cementerio -dormitorio o lugar de reposo transitorio-. Así se entiende que San Francisco de Asís pudiese saludar alegremente a la descarnada visitante: «Bienvenida sea mi hermana la muerte». Y con más pasión aún Santa Teresa: «¡Ah, Jesús mío! Ya es hora de que nos veamos».

Este es el sentido de la Conmemoración de los fieles difuntos. Como Conmemoración litúrgica solemne, la estableció San Odilón, abad de Cluny, para toda la Orden benedictina. Las gentes recibieron con gusto la iniciativa. Roma la adoptó y se extendió por toda la cristiandad.

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por S.S. el Papa San Juan Pablo II en 1992, que es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo, dice cinco cosas acerca del Purgatorio:

  • Los que mueren en gracia y amistad de Dios, pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma.
  • La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).
  • La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46).
  • La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos.
  • San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

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